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Tipasa (por Jorge Sánchez)

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Mientras que yo, que sé mucho menos que los redactores de UNESCO, describo Tipasa de manera mucho más simple, de estar por casa, pues no sé más: En la estación de autobuses de Argel abordé uno de ellos hasta Tipasa, el cual tomó una hora en llegar. Pregunté a los indígenas por el sitio arqueológico y me condujeron a un kiosco donde compré el billete de entrada a las ruinas por sólo 20 dinares (unos 13 céntimos de euros al cambio de mercado negro).
Me dispuse a recorrer el lugar rápido, pues llovía y para protegerme sólo disponía de un anorak de batalla, comprado en una tienda de “todo a 20 duros”, pero un guardián se empeñó en acompañarme un tramo, hasta la placa dedicada a Albert Camus.
Al principio supuse que lo hacía por aburrimiento, pero rato más tarde, al ver que acompañaba a otro turista, me dio la impresión de que lo hacía por seguridad.
Yo ignoraba que había allí una placa dedicada a ese escritor francés, premio Nobel de Literatura, nacido en Argel, aunque de padres “pieds noirs”.

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El guardián me llevó primero a contemplar las ruinas de los teatros y anfiteatros romanos, los baños, templos romanos, algunos mosaicos y otros vestigios que (debo reconocer mi ignorancia) no me decían gran cosa pues solo veía piedras sueltas sobre el suelo; ni siquiera había paredes erigidas. Eso sí, lo mejor era la magnífico situación de Tipasa, frente al mar.

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Una vez en la placa de Albert Camus el guardián me abandonó a mi suerte. Al despedirse no me pidió baksheesh, ni siquiera me lo insinuó.
La placa decía que Tipasa era el lugar favorito de Albert Camus para inspirarse sobre sus libros.
Y justo al lado observé una estela donde estaba escrito: “Je comprends ici ce qu’on appelle gloire: le droit d’aimer sans mesure”.
Más adelante llegué a las ruinas de tres iglesias de los siglos III y IV, más dos cementerios.

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En total no llegarían a las dos horas el tiempo que permanecí en el sitio arqueológico, pues algunas zonas en lo alto de promontorios no las visité debido al barro causado por la lluvia, que cada vez era más intensa. Regresé al pueblo, donde me comí un shish kebab de cordero más un té, y poco después regresé en autobús a Argel.

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