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Tombuctú (por Jorge Sánchez)

En Gao abordé un barco hasta Mopti. Sabía que a los cuatro días de travesía atracaría por unas pocas horas junto a Tombuctú, así que tendría tiempo de visitar esa ciudad. El barco llegó la mañana del quinto día al puerto de Kabara. El capitán me informó que entre la carga y la descarga la escala se demoraría tres horas, tiempo que consideré suficiente para visitar una de las ciudades más impenetrables de África: Tombuctú, a unos 10 kilómetros de distancia del puerto. El nombre de Tombuctú evoca, al igual que otras ciudades legendarias, como Lhasa, Harar, Samarcanda, o Isfahán. Tombuctú fue fundada por los tuaregs en el siglo XI y desde entonces ha cambiado de gobierno muchas veces. Hubo un tiempo en el que la fama de su cultura y de su universidad alcanzó los confines más extremos del mundo musulmán. Los tesoros de Tombuctú son los viejos manuscritos de su vieja universidad (llamada Sankore), una de las más antiguas del mundo, pero con los conflictos actuales de grupos de fanáticos musulmanes, temo que poco quede de esos tesoros en la actualidad, pues esas gentes ya destruyeron los Budas de Bamiyán (Afganistán), Palmira y otros sitios en Cercano Oriente.

Me sentía tremendamente emocionado de recorrer sus calles de arena y visitar sus principales mezquitas y su zoco. Es cierto que ya ha perdido la gran magnificencia de que gozó en siglos anteriores, pero no es una ciudad que decepcione a quien esté familiarizado con la historia de los grandes viajeros del pasado, pues Tombuctú fue uno de los lugares más impenetrables para los europeos hasta su colonización por los franceses. Visité, además, la mezquita de Djingareyber y varias madrazas antiguas. Observé que se conservan cinco placas instaladas en las paredes de sus callejones, dedicadas a cinco exploradores célebres, indicando el tiempo de su visita: René Caillié, de 1827 a 1828. Alexander Gordon Laing, muerto allí en 1826, por espía. El alemán Heinrich Barth, de 1853 a 1854. El austriaco Oskar Lenz, en 1880. Y el estadounidense Berky, que recorrió el Sáhara desde Biskra a Timbuktú de 1912 a 1913.

Precisamente René Caillié es uno de mis viajeros favoritos de todos los tiempos. Nació en 1799 junto al Golfo de Vizcaya, hijo de un padre borrachín y de una madre panadera. Se quedaría huérfano a los once años, cuando se puso a trabajar de aprendiz de zapatero, pero en sus ratos libres se deleitaba leyendo libros de viajes, siendo su preferido el de Robinson Crusoe. Pronto dejó de jugar con sus compañeros para ensimismarse ante la visión del mapa de África. A los dieciséis años su pasión por vivir aventuras lo llevó a embarcarse para Senegal, con 60 francos en el bolsillo, como ayudante de un oficial. René Caillié sería el primer extranjero no musulmán en penetrar en la prohibida Tombuctú y salir de ella sin ser asesinado, como les sucedió a otros osados viajeros europeos. Acabada la instructiva visita a Tombuctú, regresé a Kabara y de allí embarqué hasta Mopti, adonde llegué al cabo de dos días más de navegación. Años más tarde vi un letrero en Zagora (Marruecos) indicando que a pie se tardaban 52 días en llegar a Tombuctú.

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