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Toruń (por Jorge Sánchez)

Un amigo polaco (Artur) me vino a esperar a la estación de trenes de Torun. Él era un viajero de gran calibre y había escrito varias guías turísticas sobre su bella ciudad hanseática. Estaba en buenas manos. Cruzamos el río Vístula y sin más preámbulos me mostró su ciudad natal, que no sufrió durante la Segunda Guerra Mundial, por lo cual todos sus edificios históricos son auténticos.

Pasaríamos unas 4 horas escudriñando cada rincón. No nos dejamos lo más evidente, es decir, el museo de Nicolás Copérnico y su casa natal, la catedral, la preciosa iglesia gótica de Santiago donde a los peregrinos que se dirigen a pie a Galicia les sellan la credencial y les facilitan alojamiento, los restos de la fortaleza de los Caballeros Teutones, el antiguo Ayuntamiento, la plaza del mercado, las murallas y la torre inclinada, el burro español o una simpática estatua metálica donde en el pasado se torturaba a los reos, etc. Y, además, fuimos a sitios que sólo un especialista conoce, como la histórica panadería de galletas de jengibre (llamadas pierniki, que se inventaron en Torun en el siglo XIV), el único museo de Polonia dedicado a los viajeros. Cuando se hizo oscuro Artur me invitó a cenar en un restaurante platos típicos polacos y al acabar el ágape me alojó en su casa.

Hoy por ti mañana por mí. Yo, en compensación, le invité a venir cuando quisiera a mi ciudad natal, Hospitalet de Llobregat, en España, para hacerle de cicerone en la vecina Barcelona. Al día siguiente, con la bolsa de pierniki que Artur me compró en la panadería para comerme durante el camino, me marché a la estación de trenes para viajar a otra parte.

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