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UNAM (por Jorge Sánchez)

A pesar de que México DF es una de las ciudades más populosas del mundo, si uno se aloja junto al Zócalo, o en los alrededores de la plaza de Garibaldi, los días pasan de manera grata, sin agobios, y se pueden realizar excursiones de ida y vuelta a los alrededores, que es lo que mi compañera de viaje y yo hacíamos a diario. Un día lo pasamos en la apacible Xochimilco, otro fuimos a la Basílica Nuestra Señora de Guadalupe, a Teotihuacán, etc. Y uno de esos días lo empleamos en conocer la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Lo primero que impresiona al llegar es la fachada del edificio correspondiente a la Biblioteca Central.

Existía en esos días una pugna sobre si esa universidad (la UNAM) era la heredera de la primera construida en México por los españoles, la famosa “Real y Pontificia Universidad de México”, que fue fundada en 1551 gracias a una bula del Papa Clemente VIII, mientras que por otro lado la actual Universidad Pontificia de México afirmaba que es ella la heredera de la española, y no la UNAM. (España, durante su gobierno en América construyó 26 Universidades y muchos Colegios Mayores en casi todos los países de Hispanoamérica, mientras que los otros países europeos instalados en América construyeron cero, cero patatero, absolutamente ni una universidad, ni franceses, ni portugueses, ni ingleses, holandeses, suecos, daneses o rusos; sólo en la América Española había cultura).

También los murales nos llamaron la atención, por ejemplo el de la Rectoría, donde se podía leer la frase: “El pueblo a la Universidad, la Universidad al pueblo. Por una cultura nacional neohumanista de profundidad universal”. Gracias a que tanto mi amiga como yo éramos veinteañeros en esos tiempos (1980), pasamos por estudiantes y nadie nos detuvo durante nuestra visita a todas las instalaciones; nos paseábamos por las salas como “Peter for his house”, como dicen los ingleses. Cuando nos entró hambre nos quedamos a almorzar en el comedor de los estudiantes, haciendo amistad con varios de ellos. Y a media tarde regresamos a nuestro hotelito en la plaza de Garibaldi para escuchar las serenatas de mariachis, mientras nos bebíamos a medias una gran jarra de pulque.

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