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Universidad de Caracas (por Jorge Sánchez)

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Venezuela, a pesar de su inmensa superficie (cerca de 1 millón de kilómetros cuadrados, o casi el doble de la de España), sólo ha recibido por parte de UNESCO tres Patrimonios de la Humanidad: Coro, Parque Nacional Canaima y la Ciudad Universitaria de Caracas, lo cual considero una injusticia. El Barrio de Saladillo (en Maracaibo), la vieja ciudad de Mérida con su teleférico, o los fantásticos Tepuys, además de otros sitios únicos en ese país, merecerían también añadirse.
Al salir de visitar la casa natal de Simón Bolívar, en Caracas, abordé el Metro hasta la estación de Plaza Venezuela, donde hice transbordo, y a continuación proseguí hasta la parada de Ciudad Universitaria. Al llegar a la universidad los porteros me dejaron entrar cuando les dije que estaba interesado en ella por ser Patrimonio de la Humanidad.

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Un anuncio sobre una placa de cristal explicaba que esa universidad había sido inscrita el año 2000 en la Lista de Patrimonio Mundial, Cultural y Natural de la UNESCO, y que era obra sobresaliente del arquitecto venezolano Carlos Raúl Villanueva y un grupo de artistas de vanguardia.

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Había esparcidas estatuas entre los jardines y los estudiantes se tumbaban a leer (y flirtear con las estudiantes) en medio del follaje. Vi cafeterías al aire libre y un jardín botánico. Era agradable; aquello más bien daba la impresión de ser un gran jardín de recreo que una universidad.
Conocía la Universidad Nacional Autónoma de México, que también está inscrita en la lista de UNESCO, pero la de Caracas no me satisfizo tanto, probablemente por ser un ignorante en arquitectura. Los bloques de la universidad eran de hormigón de un estilo que no lo encontré atractivo; tal vez esperaba encontrar una arquitectura más “india”.

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Pude visitar dos lugares que por lo general se hallan fuera de acceso a los turistas, que fueron el Auditorio y la Aula Magna con sus nubes acústicas.
No obstante, en general, me agradó la visita, aunque no fue como para tirar muchos cohetes.
Como se hizo la hora del almuerzo me dirigí al comedor comunal y pude pedir, a precios de estudiante, un plato típico de la gastronomía venezolana llamado Pabellón Criollo.
Una vez que acabé, tomé de nuevo el Metro descendiendo en la céntrica estación de Sábana Grande.

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