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Urbino (por Jorge Sánchez)

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Llegué a Urbino en autobús, procedente de Pesaro (45 minutos).
La primera vista a la entrada a Urbino impresiona. Uno ve de frente el colosal Palazzo Ducale, erigido por Federico da Montefeltro, un condottiero (mercenario) y luego duque, un gran hombre de historia fascinante que amaba el arte y la literatura.
Ese palacio sería, por lógica, mi primera visita de la ciudad.
No tuve suerte, estaban haciendo restauraciones y muchas salas no se podían visitar, lo que lamenté, pues ese palacio alberga una de las colecciones de arte más notables de Italia y del mundo. Pero con lo que vi en dos horas, que a despecho de las rehabilitaciones fue mucho, me sentí moderadamente satisfecho.

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Frente al Palacio Ducal entré en la Iglesia de Santo Domingo. Un letrero a la entrada afirmaba que se había fundado el siglo XIV y que la luneta en la parte superior de la fachada era obra del escultor Luca della Robbia.
¿Pero qué es lo que vi en su interior? Aquello era un bazar, no una iglesia. Vendían suvenires y cosas chinas tipo “todo a veinte duros”. No me gustó, lo encontré una profanación.
Entré entonces en la oficina de Turismo, en el edificio justo al lado de esa iglesia, y me quejé. Les dije que había viajado a Urbino por ser una ciudad cuyo centro histórico está protegido por UNESCO y no comprendía cómo una iglesia del siglo XIV se había convertido en un zoco moruno. Pero no me supieron dar una respuesta convincente. No obstante, me regalaron varios mapas y folletos con un itinerario sugerido, que lo seguiría para no perderme nada importante.

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Durante varias horas visité el centro histórico y hasta entré en los Jardines Botánicos. No me dejé la casa donde nació Rafael (Raffaello Sanzio), y el Oratorio della Grotta (la Grotta del Duomo), en cuyo interior advertí la existencia de varias capillas (la de la Natividad, la de la Crucifixión y la de la Resurrección), con esculturas representando la vida de Jesucristo, donde aproveché para comprar un cirio.

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Y aún visité otros lugares notables que me aportaron muchos conocimientos culturales.
Cuando me entró hambre entré en un supermercado a prepararme un bocadillo de mortadela, y poco después me marché a seguir viajando a otra parte.

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