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Vatthe (por Jorge Sánchez)

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Confieso que mi deseo de alcanzar la Big Bay no fue motivado por “apuntarme” un candidato a Patrimonio de la Humanidad de UNESCO y explorar el bosque de Vatthe, sino por querer alcanzar la bahía donde llegaron los españoles el año 1606, capitaneados por el portugués (al servicio de España) Pedro Fernández de Quirós.
El que Quirós hubiera nacido en Portugal no tiene la mayor importancia, pues entre los años 1580 y 1640 las coronas de España y Portugal estaban unidas; todos los expedicionarios eran celtíberos.
Sabía que en esa bahía (Big Bay) se erguía un busto dedicado a Quirós, colocado por el Embajador español de Canberra, en Australia, y lo quería descubrir.
Resolví viajar allí desde Luganville, la capital de la isla Espíritu Santo.

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Era domingo, día que nadie trabaja en las islas del Pacífico. Todos van a misa y respetan a rajatabla las fiestas de guardar. Yo también fui a misa, recé, compré un cirio, desayuné con los parroquianos café con leche y bollos de nata, y a continuación inicié el autostop hacia el norte de la isla, pues había oído que varios nativos vivían en aldeas diminutas en el norte, donde no había iglesias, por lo que se desplazaban a Luganville los domingos para asistir a la misa, tras lo cual compraban productos en el mercado al aire libre y retornaban a sus chozas en sus vehículos.
Y así fue. Una familia me recogió en la carretera y me llevó hasta un cruce a varias decenas de kilómetros de distancia. Tras ello caminé durante dos horas. Ya estaba casi llegando a Matantas cuando un coche se detuvo y me llevó a un poblado, y luego otro coche más me condujo hasta Matantas.

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Allí un jefe de poblado muy ávido por el dinero me exigía una cantidad ridícula por mostrarme el busto de Quirós. Me desembaracé de él y traté de encontrarlo por mi cuenta. Al rato alcancé el otro lado del poblado y allí conocí a su segundo jefe, el bondadoso señor Moisés junto a su esposa y su hijo, cuyos antepasados se habían reunido con Quirós y habían hecho amistad con los tripulantes de la expedición española. El hecho de ser español me abrió sus corazones pues tenían buenos recuerdos que les habían transmitido sus abuelos sobre aquellos españoles del siglo XVII.
Me prepararon frutas y me abrieron un coco para que bebiera. Vi el río Jordán y un monumento piramidal coronado por un busto de Quirós. Estaba emocionado hasta el máximo de los extremos.

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Subí como un crío a la pirámide, la rodeé, acaricié el busto, y así estuve entretenido por cerca de una hora. Una placa en inglés, francés, bislama y español, decía:
“QUIRÓS
En Conmemoración del 400 Aniversario de la llegada a “Austrialia
del Espíritu Santo” (Vanuatu) de tres buques españoles, enviados
por Felipe III, Rey de España, al mando del Capitán Pedro
Fernández de Quirós.
Embajada de España
14 de Mayo de 2006”
El señor Moisés me invitaba a pasar allí la noche, pero decliné con gentileza, y no por temor a que se me apareciera en sueños el espíritu Alawuro, sino porque quería regresar a mi albergue de Luganville ese mismo día, pues había acordado con un australiano allí alojado partir al día siguiente de madrugada a una excursión sin par en el sur de la isla, y si me quedara en una choza del señor Moisés no llegaría a tiempo.
Me despedí con gratitud y emprendí el largo viaje de regreso. Me pilló la lluvia y durante dos horas tuve que cobijarme bajo un árbol y cubrirme la cabeza con hojas gigantes, hasta que un coche que pasó por allí se apiadó de mí, frenó al verme, me invitó a subir atrás, junto a las gallinas y los niños, y me depositó en Luganville, adonde llegué mojado hasta los huesos.