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Villa d’Este (por Jorge Sánchez)

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Es muy fácil visitar este Patrimonio de la Humanidad de UNESCO y combinarlo con Villa Adriana el mismo día.
En Roma abordé un autobús a Tívoli y justo a la llegada, a apenas cuatro pasos, se situaba la entrada a Villa d’Este.
Había un letrero de UNESCO a la entrada.

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Compré mi billete de acceso y me dediqué durante unas tres horas a conocer este lugar, que consta de dos partes, la primera el palacio y la segunda los bellos jardines llenos de fantasía, con la gran cascada y adornados con estatuas.
Por un folleto que me regalaron aprendí que la villa fue encargada reconstruir por el cardenal Hipólito II de Este, que era nieto del papa español Alejandro VI (el valenciano Rodrigo de Borja), y convirtió el antiguo convento benedictino en palacio, y el claustro en unos jardines maravillosos.

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Primero visité el palacio, lleno de frescos por todas las paredes y hasta en los techos, mostrando alegorías, sobre todo a la caza. Era bello.
Tras ello descendí a los jardines donde también disfruté recorriéndolos al azar, sin orden ni concierto, dejándome llevar por las estatuas y las fuentes.
La disposición y ornamentación de esos jardines inspiraron los que se crearían en años posteriores en toda Europa.

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Al final no sabría decir qué me cautivó más, si el palacio con sus frescos o la gracia de los jardines con sus juegos de agua.
Tras la visita de Villa d’Este abordé un autobús hacia Villa Adriana, el segundo Patrimonio de la Humanidad que visitaría ese mismo día.