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Wadi Natrun (por Jorge Sánchez)

Llegué en autostop a un cruce de caminos en la carretera entre Cairo y Alejandría. Mi objetivo era visitar alguno de los cuatro monasterios coptos del Wadi Natrun que han sobrevivido hasta la fecha, de una cincuentena que llegaron a existir en ese territorio. Caminé 12 kilómetros bajo el sol hasta el primero de los cuatro monasterios cuya edificación había sido diseñada en forma de cruz sobre el lecho de un río seco. Se llamaba Deir al Baramús, o de los Romanos, porque según una leyenda fue fundado en el siglo IV por dos hermanos que eran hijos del Emperador de Roma Valentiniano.

Enseguida fui aceptado a permanecer en él tres días y tres noches en una celda individual, de modo gratuito, como era la tradición. Primero me sirvieron té y también el almuerzo, pues llegué justo a la hora de comer, y a continuación pidió verme el propio abad, con quien mantuve una charla. Tan íntimo fue el intercambio de ideas con él, un hombre santo, que me sentí inspirado para pasear por el desierto por varias horas, sin rumbo fijo, meditando sobre todo lo que me había contado el abad sobre la elevación del ser, pero sin jamás perder de vista el monasterio por miedo a perderme y, por si acaso, iba lanzando cada pocos metros huesos de olivas negras para recordar el camino de regreso en caso de una tormenta de arena. La paz interior que me produjo ese paseo por la quietud del desierto es inenarrable.

Al regresar, justo a la hora de la cena, el cocinero, llamado Mohammed, con quien haría mucha amistad, al explicarle donde había estado me contó que muchos monjes de los cuatro monasterios practican la meditación paseando por el desierto durante varios días, sin comer y sin beber, y para dormir marcaban con el dedo una gran cruz en la arena y se tumbaban en el interior. La cruz les protegía de los ataques de las fieras del desierto. Otros monjes, incluso en la actualidad, buscando la soledad absoluta, encontraron cuevas en el desierto y se quedaron allí a vivir.

El monasterio de Baramús estaba amurallado, como si fuera una fortaleza, pues en el pasado los monjes sufrían ataques de beduinos y bereberes. Había muchos pasadizos subterráneos y secretos que comunicaban los cuatro monasterios. Mohammed me dijo que, sin contar los monjes anacoretas que viven en cuevas, Baramús lo habitaban unos 50 monjes. Mohammed no era monje, sino médico en el Cairo. En el pasado fue un jugador empedernido y pasó varios meses en Las Vegas (Estados Unidos) gastándose fortunas y frecuentando mozas que practicaban la profesión femenina más antigua de la humanidad. Un día se arrepintió de su vida disoluta, volvió a ejercer la medicina, abandonó su religión islámica y se convirtió al cristianismo copto. Esos días los había tomado libres de su hospital para ejercer de cocinero en Baramús, y de esta guisa expiar sus pecados de Las Vegas.

Cada día asistía a la misa. La iglesia se asemejaba a las ortodoxas del Monte Athos por los iconos, frescos y lámparas, pero en la iglesia copta hay alfombras en el suelo. Al entrar hay que descalzarse, y las postraciones son muy similares a las de la religión musulmana. El abad, para bendecir, vertía gotas de agua sobre las caras de los fieles. Todos los monjes llevaban la cabeza cubierta con unos pañuelos de topos. Algo de mí dejé en ese monasterio cuando lo abandoné el cuarto día para proseguir mi viaje a Alejandría.

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