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Zabid (por Jorge Sánchez)

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Al llegar a Zabid, una histórica ciudad fundada en el siglo VIII, me dirigí al zoco para comer algo, pues no había desayunado nada y ya era mediodía.

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La primera impresión de la ciudad no fue muy positiva. Los edificios históricos como la famosa universidad, las mezquitas con sus madrasas, las puertas a la ciudad amurallada y los palacios estaban semi-abandonados, casi en ruinas; era evidente que la ciudad necesitaba una restauración urgente. El esplendor de Zabid, cuando comerciaba con el este de África y con Asia, se desvaneció. Hoy, la mayoría de sus casas estaban construidas con ladrillos de barro.

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La mezquita, encalada de blanco, gozaba de una situación dominante en la ciudad. En el pasado fue un centro de educación del mundo árabe y musulmán, y en su universidad se acuñó la palabra álgebra.
No encontré a ningún otro extranjero durante el medio día que pasé allí, pues Zabid no es un sitio turístico. Ello hacía que los niños me miraran con curiosidad, y los adultos me sonreían y trataban de entablar conversación conmigo. Todos se asombraban cuando, al preguntarme la nacionalidad, les contestaba que era español. Ellos, en su ingenuidad, se admiraban y decían que España debía ser un país extraordinario. Un nativo, en broma, proponía cambiarme su burro por mi billete de avión a España.

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No me dejaban pagar el té en el zoco; siempre varios nativos a la vez le pedían al camarero que no me cobrara.
Entré en un viejo palacio donde de nuevo bebí té acompañado con unos dulces de miel.
Pronto se hicieron las 6 de la tarde y me pregunté dónde dormiría esa noche en Zabid, una ciudad de unos 20.000 habitantes. Contemplé la posibilidad de pasar la noche sobre los pufs del palacio que acababa de visitar, pero al final decidí marcharme en autobús a la vecina ciudad de Hodeidah, a las orillas del Mar Rojo.

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